Europa quiere dejar de depender de AWS, Microsoft y Google: prepara hasta siete gigafactorías de IA para construir su propia infraestructura tecnológica
Europa está empezando a reconocer que no puede aspirar a convertirse en una potencia mundial de inteligencia artificial si la infraestructura necesaria para desarrollarla pertenece fundamentalmente a compañías extranjeras. Durante años, la Unión Europea construyó uno de los marcos regulatorios digitales más ambiciosos del mundo mientras Estados Unidos desarrollaba AWS, Microsoft Azure, Google Cloud, Nvidia, OpenAI, Anthropic y buena parte de las plataformas que hoy sostienen la economía de la inteligencia artificial. La llegada de la IA generativa ha convertido esa dependencia en un problema estratégico. Entrenar modelos, ejecutar millones de inferencias y desplegar agentes autónomos exige centros de datos, procesadores avanzados, almacenamiento, redes de alta velocidad, energía y plataformas cloud a una escala extraordinaria. Europa dispone de algunas piezas importantes de esa cadena, pero todavía carece de un verdadero hyperscaler capaz de competir en dimensión con los gigantes estadounidenses. Bruselas intenta cambiar esa situación mediante una iniciativa extraordinariamente ambiciosa: crear hasta siete AI Gigafactories y movilizar más de 30.000 millones de euros entre financiación pública y privada para ampliar radicalmente la capacidad computacional europea. La Comisión Europea abrió formalmente la convocatoria el 30 de julio y el plazo para presentar proyectos finalizará el próximo 12 de noviembre de 2026. Los ganadores deberían conocerse a comienzos de 2027 y las primeras instalaciones podrían empezar a operar aproximadamente 18 meses después de la firma de los contratos.
El verdadero problema europeo no es la falta de talento, sino la falta de escala
Europa dispone de universidades extraordinarias, investigadores, industria avanzada, compañías tecnológicas y una enorme base empresarial. También cuenta con empresas estratégicas como ASML y con desarrolladores de modelos como Mistral AI. El problema aparece cuando una compañía europea necesita ejecutar inteligencia artificial a gran escala. AWS, Microsoft y Google concentran alrededor del 70 % del mercado cloud europeo, mientras los proveedores europeos representan aproximadamente un 15 %. OVHcloud, Scaleway, IONOS o STACKIT ofrecen alternativas continentales, pero ninguna dispone actualmente de una infraestructura comparable a los grandes hyperscalers estadounidenses. Esta diferencia de escala tiene consecuencias mucho más profundas que elegir dónde almacenar unos archivos. Una empresa que construye su arquitectura sobre un hyperscaler puede terminar utilizando simultáneamente sus bases de datos, herramientas de desarrollo, ciberseguridad, analítica, almacenamiento, modelos de inteligencia artificial y servicios de agentes. Cuantas más capas utiliza, más difícil resulta posteriormente trasladarse a otro proveedor. La dependencia tecnológica termina convirtiéndose en dependencia estratégica.
Una gigafactoría de IA no es simplemente un centro de datos muy grande
El concepto puede inducir a error. Las gigafactorías que plantea Bruselas no serán únicamente enormes edificios llenos de servidores. La Comisión las concibe como infraestructuras industriales completas para inteligencia artificial, combinando procesadores avanzados, almacenamiento masivo, redes de alta velocidad, software, servicios cloud y centros de datos energéticamente eficientes. Su función será proporcionar capacidad para entrenar, ajustar y ejecutar modelos avanzados de IA a una escala que actualmente resulta difícil conseguir dentro de Europa. Cada gigafactoría deberá disponer de una cantidad extraordinaria de aceleradores y evolucionar posteriormente hacia capacidades todavía mayores. La Comisión habla de instalaciones con más de 100.000 procesadores avanzados de IA, acompañados por toda la infraestructura necesaria para convertir esa potencia en servicios utilizables por startups, empresas, investigadores, universidades y administraciones públicas. No se trata, por tanto, únicamente de comprar GPU. Hay que construir una arquitectura completa alrededor de ellas: electricidad, refrigeración, networking, almacenamiento, seguridad, software y servicios profesionales.
Europa movilizará más de 30.000 millones de euros
La arquitectura financiera es especialmente interesante. La iniciativa estará respaldada por hasta 10.000 millones de euros de financiación pública procedente de la Unión Europea y de los Estados miembros, que Bruselas espera utilizar como palanca para atraer al menos otros 20.000 millones de euros de inversión privada. El objetivo total supera así los 30.000 millones. La lógica consiste en que el sector público no construya directamente toda la infraestructura, sino que actúe como inversor y cliente ancla para reducir el riesgo de los proyectos y atraer a operadores tecnológicos, proveedores cloud, compañías energéticas, fondos de infraestructura, bancos y otros inversores privados. EuroHPC y los Estados participantes contratarán además tiempo de computación dentro de las instalaciones seleccionadas, proporcionando una demanda inicial que facilite su financiación. Esta estructura es importante porque demuestra que Europa empieza a tratar la computación de IA como infraestructura estratégica comparable a energía, telecomunicaciones o transporte, y no simplemente como otro mercado de software.
De cinco gigafactorías previstas a siete por la enorme demanda
La ambición europea ha aumentado rápidamente. El planteamiento inicial contemplaba hasta cinco grandes instalaciones, pero la respuesta de los Estados miembros y del sector privado llevó a elevar el objetivo hasta siete gigafactorías. Una consulta preliminar recibió 77 propuestas correspondientes a 60 emplazamientos distribuidos por 16 Estados miembros. Francia, Alemania, España, Polonia, Lituania y otros países están intentando posicionarse dentro de esta nueva geografía de la computación europea. El interés resulta perfectamente comprensible. Conseguir una gigafactoría no significa únicamente recibir una inversión multimillonaria. Significa atraer centros de datos, ingenieros, proveedores, infraestructura energética, startups, investigadores y compañías que necesitan estar próximas a enormes cantidades de computación. Puede aparecer un efecto de concentración parecido al generado por otros grandes polos industriales: la infraestructura atrae talento y empresas, y las empresas generan posteriormente más demanda de infraestructura.
España quiere una y plantea una infraestructura entre Tarragona y Madrid
España está compitiendo por albergar una de estas instalaciones mediante una candidatura respaldada por Portugal y articulada alrededor de una doble localización en Móra la Nova, Tarragona, y San Fernando de Henares, Madrid. El proyecto dispone de compromisos públicos españoles y participación prevista de compañías privadas. La candidatura tiene además una ventaja estructural interesante: España dispone de una creciente capacidad renovable y una posición competitiva en determinadas fuentes energéticas, precisamente uno de los factores que puede terminar determinando dónde se construye la próxima generación de centros de datos. Una gigafactoría necesita cantidades extraordinarias de electricidad y la disponibilidad de energía empieza a convertirse en una variable tan importante como el acceso a los propios chips. El proyecto español podría generar alrededor de 2.000 empleos según las estimaciones comunicadas por sus promotores, pero su verdadero impacto económico podría encontrarse en el ecosistema que aparezca alrededor de la instalación.
Francia plantea una inversión cercana a los 10.000 millones
Francia también está construyendo una candidatura especialmente ambiciosa. El consorcio AION reúne compañías tecnológicas, operadores de telecomunicaciones, infraestructura y capital financiero con el objetivo de desarrollar un enorme centro de datos de IA. El proyecto ha contado con participantes como Capgemini, Orange, Scaleway, Ardian y EDF y podría aproximarse a los 10.000 millones de euros de inversión, con una ambición final cercana al gigavatio de capacidad. La presencia de EDF revela nuevamente cuál puede ser uno de los grandes campos de batalla: la energía. Una gigafactoría no puede instalarse simplemente donde exista terreno barato. Necesita acceso estable y competitivo a cantidades enormes de electricidad, conexiones de red, refrigeración y una cadena logística capaz de soportar miles de millones en equipamiento tecnológico.
El problema es que Europa seguirá necesitando Nvidia
Aquí aparece la gran paradoja de la soberanía tecnológica europea. Europa puede construir centros de datos propios, financiar proveedores cloud europeos y desarrollar modelos europeos, pero todavía no fabrica los aceleradores de frontera que necesita para alimentar esas instalaciones. La Comisión ha firmado cartas de intención con Nvidia, AMD y Qualcomm para facilitar el suministro de hardware a los consorcios participantes. Esto significa que las gigafactorías pueden reducir una parte de la dependencia tecnológica europea mientras mantienen otra. La infraestructura estará físicamente en Europa y podrá operar bajo legislación europea, pero buena parte de su capacidad computacional seguirá dependiendo inicialmente de semiconductores diseñados por compañías estadounidenses.
La situación muestra por qué la soberanía tecnológica no puede conseguirse construyendo únicamente centros de datos. Se necesita una cadena completa: diseño de chips, fabricación, memoria, networking, sistemas operativos, cloud, modelos, aplicaciones y capital. Europa dispone de una pieza extraordinariamente valiosa mediante ASML, fabricante de las máquinas de litografía necesarias para producir los semiconductores más avanzados del mundo, pero no dispone todavía de un Nvidia europeo. Las gigafactorías pueden ayudar precisamente a crear demanda suficientemente grande para que aparezca progresivamente una industria continental de procesadores de IA. La propia Comisión considera que proporcionar demanda previsible de computación puede estimular el diseño y, posteriormente, la fabricación de procesadores europeos.
Las gigafactorías pueden convertirse en el cliente que necesita la industria europea
Este aspecto es probablemente uno de los más inteligentes del proyecto. Construir siete enormes infraestructuras no sirve únicamente para ejecutar modelos. También crea un mercado. Si las gigafactorías necesitan miles de millones de euros anuales en procesadores, networking, refrigeración, software, seguridad, almacenamiento y energía, las compañías europeas pueden tener un cliente suficientemente grande para justificar inversiones en nuevas tecnologías. Es el mismo principio que ha permitido desarrollar otras industrias estratégicas: la demanda inicial ayuda a crear la oferta. Europa puede utilizar compras públicas, financiación y capacidad computacional contratada para reducir el riesgo de empresas que quieran desarrollar tecnologías propias. El objetivo a largo plazo no debería ser simplemente disponer de centros de datos europeos llenos de tecnología estadounidense, sino utilizar esos centros de datos como plataforma para construir progresivamente una cadena tecnológica europea.
Europa ya dispone de 19 AI Factories, pero las gigafactorías son otra escala
Las nuevas instalaciones tampoco parten de cero. Europa está desplegando una red de 19 AI Factories, acompañada por 13 antenas asociadas, utilizando la infraestructura de supercomputación de EuroHPC. Estas fábricas ofrecen capacidad computacional y servicios a startups, investigadores, industria y administraciones. España participa ya en esta red mediante infraestructuras vinculadas, entre otras, al Barcelona Supercomputing Center. Pero las gigafactorías representan un salto de escala. Mientras las AI Factories están diseñadas para democratizar el acceso a supercomputación y apoyar el ecosistema europeo, las gigafactorías pretenden proporcionar la capacidad necesaria para desarrollar y ejecutar modelos frontier y aplicaciones industriales masivas. La Comisión calcula que las instalaciones de mayor escala podrán alcanzar varias veces la capacidad de las actuales fábricas europeas de IA.
La batalla real es conseguir que las empresas europeas puedan construir sobre infraestructura europea
El objetivo final no debería medirse únicamente contando GPU. El éxito dependerá de cuántas empresas consigan construir negocios encima de esa infraestructura. Si una startup europea puede entrenar un modelo avanzado sin tener que depender completamente de AWS, Azure o Google Cloud, disminuye una barrera importante para competir. Si una compañía industrial puede ejecutar modelos propietarios sobre infraestructura europea con garantías sobre residencia de datos, seguridad y cumplimiento regulatorio, puede acelerar determinados proyectos. Y si las administraciones pueden utilizar IA sin trasladar infraestructuras críticas fuera de jurisdicción europea, aparece una nueva dimensión de soberanía.
Esto es especialmente importante porque la próxima generación de IA será mucho más intensiva en computación que la actual. Los agentes no realizan una única consulta y terminan. Pueden ejecutar cientos de acciones para completar una tarea. La robótica necesita inferencia continua. Los modelos científicos procesan cantidades gigantescas de información. La economía agéntica puede multiplicar la demanda computacional incluso aunque el coste individual de cada inferencia disminuya.
También puede aparecer un verdadero mercado europeo de sovereign cloud
La soberanía cloud está dejando de ser un concepto exclusivamente político. Determinadas compañías y administraciones empiezan a exigir que los datos permanezcan en jurisdicciones concretas, que exista control sobre la infraestructura y que sea posible cambiar de proveedor. El Data Act europeo ya introduce medidas destinadas a facilitar la portabilidad y reducir determinadas barreras al cambio entre proveedores cloud. La propuesta del Cloud and AI Development Act (CADA) pretende además ampliar la capacidad europea de cloud y centros de datos y establece como objetivo multiplicar la infraestructura disponible durante los próximos años. Las gigafactorías encajan dentro de esa arquitectura mucho mayor: Europa quiere pasar de regular el mercado cloud a intentar construir capacidad propia suficiente para competir dentro de él.
La energía puede decidir quién gana
Existe, sin embargo, un límite físico imposible de resolver mediante legislación: electricidad. Los grandes centros de datos de IA necesitan cantidades gigantescas de energía. Una instalación de escala gigavatio puede consumir electricidad comparable a la de una gran ciudad. Esto convierte disponibilidad energética, precio, estabilidad de red y capacidad de construir nuevas fuentes de generación en criterios fundamentales para seleccionar emplazamientos. Europa tiene además que reconciliar esta expansión con sus objetivos climáticos. La Comisión exige que las propuestas incorporen eficiencia energética y sostenibilidad, pero construir capacidad computacional a esta escala inevitablemente incrementará la presión sobre las redes eléctricas.
Esto puede cambiar incluso la geografía económica europea. Las regiones con abundante energía renovable, nuclear o capacidad de conexión a red pueden convertirse en polos tecnológicos. Países que tradicionalmente no lideraban el software pueden adquirir importancia por disponer de electricidad, suelo y conectividad. La inteligencia artificial está convirtiendo la política energética en política tecnológica.
La financiación privada será la prueba definitiva
Los 30.000 millones de euros previstos parecen enormes hasta que se comparan con Estados Unidos. Los hyperscalers estadounidenses están movilizando cientos de miles de millones anuales en infraestructura. La verdadera prueba para Europa será, por tanto, si los 10.000 millones de apoyo público consiguen atraer realmente los más de 20.000 millones privados previstos y, sobre todo, si las primeras instalaciones desencadenan posteriormente inversiones adicionales sin necesitar permanentemente subvenciones. El diseño mediante consorcios y vehículos específicos pretende precisamente atraer fondos de infraestructura, private equity, bancos, utilities, telecomunicaciones y proveedores tecnológicos. La participación pública funciona como mecanismo para reducir el riesgo inicial. Si funciona, Europa puede crear una nueva clase de activo tecnológico-industrial. Si no consigue suficiente demanda privada, las gigafactorías corren el riesgo de convertirse en enormes proyectos públicos incapaces de seguir el ritmo inversor estadounidense.
No basta con construir siete edificios: Europa necesita crear sus propios gigantes tecnológicos
Este es probablemente el desafío más importante. Las gigafactorías pueden resolver una parte de la falta de infraestructura, pero Europa no necesita solamente centros de datos europeos; necesita compañías europeas capaces de crecer encima de ellos. El continente dispone de OVHcloud, Scaleway, IONOS, STACKIT, Mistral AI, SAP, Deutsche Telekom, Orange, Telefónica, ASML y muchas otras piezas importantes. Lo que todavía no tiene es una compañía capaz de integrar suficientes capas y alcanzar una escala comparable a AWS, Azure o Google Cloud.
El objetivo estratégico debería ser que dentro de diez años una empresa europea pueda contratar infraestructura, cloud, modelos y servicios de IA dentro de un ecosistema europeo competitivo, no porque una regulación la obligue, sino porque resulte económicamente atractivo. La soberanía tecnológica solamente funciona de verdad cuando la alternativa propia es también una buena alternativa empresarial.
La IA obliga a Europa a pasar de regular la tecnología a construirla
Durante años, Europa destacó mundialmente por establecer las reglas del mundo digital. GDPR, DMA, DSA y ahora AI Act han convertido a Bruselas en una potencia regulatoria. Pero la inteligencia artificial está demostrando que regular aquello que otros construyen no proporciona automáticamente poder tecnológico. La capacidad de entrenar modelos, ejecutar agentes, almacenar datos y controlar infraestructura puede convertirse en una cuestión económica y estratégica tan importante como disponer de energía o telecomunicaciones.
Las siete gigafactorías representan, por tanto, algo más que un programa de centros de datos. Son un intento de cambiar la posición europea dentro de la cadena mundial de inteligencia artificial: pasar progresivamente de cliente de infraestructura extranjera a propietario de capacidad computacional propia.
El éxito no se medirá por los 30.000 millones movilizados ni por el número de GPU instaladas. Se medirá por lo que aparezca alrededor de ellas: modelos europeos, startups, proveedores cloud, chips, empresas industriales transformadas mediante IA y nuevos líderes tecnológicos capaces de competir internacionalmente.
La fecha inmediata será el 12 de noviembre de 2026, cuando cierre la convocatoria. Los proyectos seleccionados deberían anunciarse a comienzos de 2027 y comenzar a operar aproximadamente 18 meses después de la contratación. Si el calendario se cumple, hacia 2028 Europa podría disponer de una nueva generación de infraestructura computacional soberana.
La pregunta es si llegará suficientemente rápido. Estados Unidos y China no están esperando.
Para los directivos europeos, esta transformación puede modificar decisiones sobre cloud, proveedores, residencia de datos, modelos, infraestructura y soberanía tecnológica. El Curso Superior en Inteligencia Artificial para Directivos (CSIAD) de THE INTELLIGENCE Institute prepara a la alta dirección para comprender estas nuevas arquitecturas y tomar decisiones estratégicas sobre la implantación de inteligencia artificial en sus organizaciones.
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