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La IA empieza a destruir el modelo de facturación por horas de las grandes consultoras tecnológicas

La IA empieza a destruir el modelo de facturación por horas de las grandes consultoras tecnológicas

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Durante décadas, una parte enorme de la industria mundial de consultoría tecnológica, outsourcing y servicios profesionales se ha construido sobre una ecuación muy sencilla: más personas trabajando durante más horas equivalían a más ingresos. El cliente contrataba capacidad, el proveedor asignaba equipos y la factura terminaba dependiendo, directa o indirectamente, del número de profesionales y del tiempo invertido. La inteligencia artificial está empezando a romper esa relación. Y lo relevante no es solamente que permita hacer determinadas tareas más rápido, sino que cuestiona la propia unidad económica sobre la que se levantaron algunas de las mayores compañías de servicios tecnológicos del mundo. Reuters ha documentado cómo grupos como Tata Consultancy Services, Infosys, Wipro, HCLTech y Cognizant están modificando sus modelos comerciales porque sus clientes ya no aceptan que las ganancias de productividad obtenidas mediante IA beneficien exclusivamente al proveedor. Las empresas contratantes empiezan a plantear una pregunta difícil de responder para cualquier consultora tradicional: si ahora puedes realizar en una hora lo que antes necesitaba diez, ¿por qué debería seguir pagándote por diez horas? La respuesta está acelerando una transición desde los contratos basados en tiempo y recursos hacia modelos ligados a resultados, ahorro obtenido, productividad, disponibilidad, cumplimiento de KPI o impacto económico generado.

El problema no es que la IA haga más productivos a los consultores, sino que puede reducir la facturación

Existe una paradoja especialmente incómoda para las empresas que venden horas profesionales. En prácticamente cualquier otro sector, aumentar la productividad suele ser una excelente noticia. En una compañía cuyo ingreso depende del tiempo facturable, sin embargo, multiplicar la productividad puede reducir aquello que históricamente permitía facturar. Si un proyecto necesitaba 100.000 horas de trabajo y diferentes sistemas de IA permiten resolverlo con 50.000, el cliente difícilmente aceptará seguir pagando como si fueran necesarias las primeras 100.000. Esta dinámica ya está apareciendo en las negociaciones. Según Reuters, algunos clientes están llegando a exigir el mismo trabajo con reducciones de precio de entre el 25 % y el 30 %, esperando simultáneamente mayor velocidad y productividad. La discusión ya no gira únicamente alrededor de qué herramientas de IA utiliza el proveedor, sino alrededor de quién se queda con el valor económico generado por esa productividad. Imaginemos que una consultora introduce agentes de IA que permiten reducir un proceso de 1.000 a 300 horas. Se han creado 700 horas de productividad. ¿Debe apropiarse de ese valor la consultora mediante un margen superior? ¿Debe trasladarse completamente al cliente mediante una reducción del precio? ¿Debe repartirse entre ambos? El mercado está empezando a experimentar con diferentes respuestas y, probablemente, esta será una de las grandes discusiones empresariales de los próximos años.

De vender personas a vender resultados

La evolución más profunda consiste precisamente en cambiar aquello que se factura. En lugar de cobrar por poner veinte consultores durante seis meses en un proyecto, el proveedor puede cobrar por alcanzar un determinado resultado empresarial. Esto cambia completamente la naturaleza del contrato. TCS ofrece una referencia especialmente reveladora: alrededor del 80 % de los contratos de su división de servicios empresariales, incluyendo determinadas actividades de finanzas y recursos humanos, ya están vinculados a métricas de resultados. Esa proporción se habría duplicado desde que la IA generativa comenzó a extenderse masivamente. Cognizant ha utilizado otra fórmula en un acuerdo con Daimler Truck, vinculando parte del modelo económico a los ahorros generados mediante inteligencia artificial y automatización y compartiendo esos ahorros entre proveedor y cliente. HCLTech habría desarrollado una estructura todavía más agresiva en un contrato plurianual de gestión cloud con E.ON, en el que durante el primer año no recibiría pagos y posteriormente su remuneración estaría vinculada a mejoras de eficiencia y resultados empresariales concretos. Estamos pasando, por tanto, de contratos del tipo “te vendo 10.000 horas de especialistas” a contratos mucho más próximos a “te garantizo reducir este coste, acelerar este proceso, aumentar esta disponibilidad o conseguir este resultado”. Ese cambio parece pequeño en una cláusula contractual, pero económicamente es enorme.

La pirámide tradicional de las consultoras empieza a tambalearse

El modelo de facturación por horas estaba estrechamente conectado con otra característica histórica de las grandes consultoras: la pirámide de talento. Una pequeña capa de socios y directivos dirigía una enorme base de perfiles junior y profesionales intermedios encargados de ejecutar buena parte del trabajo. Cuantas más personas podían asignarse a un proyecto, mayor podía ser la facturación. La escala de plantilla era, por tanto, una ventaja competitiva. La IA altera esa lógica porque una parte creciente del trabajo que realizaban los niveles inferiores de la pirámide puede automatizarse o multiplicarse mediante copilotos y agentes: programación básica, documentación, testing, análisis preliminar, preparación de informes, generación de presentaciones, conciliaciones, revisión documental, investigación, procesamiento administrativo o mantenimiento de determinados sistemas. Esto puede cambiar también la carrera profesional tradicional dentro de las consultoras. Durante décadas, los recién graduados aprendían participando en tareas relativamente repetitivas antes de evolucionar hacia actividades de mayor complejidad. Si las máquinas absorben buena parte de ese trabajo inicial, las compañías tendrán que rediseñar cómo forman a sus futuros managers, arquitectos, socios y especialistas.

Tener cientos de miles de empleados puede dejar de ser una ventaja competitiva

Durante años, las grandes multinacionales tecnológicas podían utilizar el tamaño de sus plantillas como barrera competitiva. Pocas empresas podían garantizar miles de profesionales disponibles en múltiples países para ejecutar proyectos gigantescos. La inteligencia artificial empieza a reducir parcialmente esa ventaja. Una consultora mediana equipada con agentes, automatización avanzada y especialistas senior puede ejecutar determinados proyectos que anteriormente requerían equipos mucho mayores. Eso permite competir a empresas más pequeñas mediante velocidad, especialización y estructuras de costes diferentes. No significa que las grandes consultoras vayan a desaparecer. Su capacidad comercial, conocimiento sectorial, relaciones con grandes corporaciones, reputación, cobertura internacional y capacidad para gestionar sistemas críticos continúan siendo enormes ventajas. Pero el número de empleados puede dejar de funcionar como uno de los principales indicadores de capacidad productiva. En la economía agéntica, una empresa de 5.000 profesionales extraordinariamente aumentados por IA podría competir en determinadas áreas con organizaciones que anteriormente necesitaban varias veces esa plantilla.

El cliente también puede decidir no contratar a la consultora

Probablemente este sea el riesgo todavía más profundo. La IA no solamente permite que una consultora haga el mismo proyecto con menos personas. También permite que el cliente haga internamente trabajos que antes necesitaba externalizar. Algunas compañías ya están utilizando inteligencia artificial para internalizar tareas que previamente contrataban a proveedores externos. Pensemos en departamentos corporativos capaces de construir agentes internos para análisis financiero, generación de informes, soporte al empleado, revisión contractual, análisis de datos, programación, atención al cliente, compliance o procurement. Parte del trabajo por el que anteriormente contrataban miles de horas externas puede desaparecer simplemente del mercado. Esto introduce una segunda presión sobre las consultoras: no solamente tienen que competir contra otras consultoras; empiezan a competir contra la capacidad tecnológica del propio cliente. La consecuencia puede ser una división mucho más marcada del mercado. Las tareas relativamente estandarizables tenderán a automatizarse o internalizarse, mientras el valor de los proveedores externos se desplazará hacia transformación compleja, arquitectura tecnológica, integración, estrategia, conocimiento especializado, gestión del cambio y responsabilidad sobre resultados.

El precio fijo tampoco resuelve automáticamente el problema

Podría parecer que la solución consiste simplemente en abandonar la tarifa por horas y utilizar contratos a precio cerrado. No necesariamente. La IA introduce otra dificultad: nadie conoce todavía con precisión cuáles serán las mejoras acumulativas de productividad durante contratos de cinco o siete años. Una consultora podría comprometer hoy un precio calculando que la productividad futura de la IA reducirá sus costes un 70 %, pero los costes de modelos, chips, infraestructura, datos, seguridad o talento pueden evolucionar de forma diferente. También pueden aparecer nuevas obligaciones regulatorias o exigencias de calidad. Algunas compañías ya han advertido sobre este riesgo porque determinados competidores están construyendo ofertas suponiendo ganancias de productividad extraordinariamente elevadas durante periodos largos. La guerra comercial puede provocar, por tanto, un problema adicional: sobreprometer los futuros ahorros de la IA para ganar contratos hoy. Y una mala estimación puede convertir un contrato aparentemente atractivo en una obligación ruinosa durante años.

El verdadero activo de una consultora dejará de ser su plantilla y será su capacidad de producir inteligencia

Durante muchos años, la capacidad productiva de una consultora podía aproximarse observando cuántos profesionales tenía. En los próximos años esa métrica será cada vez menos útil. Será necesario conocer cuántos procesos ha automatizado, qué porcentaje del trabajo ejecutan agentes, qué productividad obtiene cada profesional, qué activos tecnológicos propios posee, qué conocimiento sectorial ha convertido en sistemas reutilizables, cuánto cuesta producir cada unidad de resultado y cuánto valor empresarial genera para el cliente. Esto introduce una nueva economía de los servicios profesionales. El margen puede dejar de depender principalmente de tarifa por hora menos coste salarial por hora y pasar a depender de precio por resultado menos coste tecnológico de producirlo. Las mejores consultoras podrían convertirse, en cierto sentido, en compañías híbridas entre servicios y software. Construirán plataformas internas, agentes especializados, modelos sectoriales, bibliotecas de conocimiento, sistemas propietarios y metodologías automatizadas que podrán reutilizar en muchos clientes. El trabajo humano continuará siendo imprescindible, pero se concentrará progresivamente en aquello que la automatización todavía no resuelve bien: criterio, negociación, creatividad estratégica, conocimiento contextual, decisiones complejas, responsabilidad, relaciones humanas y gobierno.

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La consecuencia puede extenderse mucho más allá de las tecnológicas

Lo que estamos viendo en el outsourcing tecnológico probablemente sea solamente el principio. El mismo conflicto económico puede aparecer en cualquier sector donde históricamente se haya cobrado por tiempo. Consultoría estratégica, despachos de abogados, agencias de publicidad, auditoría, ingeniería, arquitectura, selección de personal, análisis financiero, traducción, investigación de mercados o servicios administrativos comparten, en mayor o menor medida, el mismo problema. Si una herramienta permite que un abogado prepare determinado trabajo en dos horas en lugar de ocho, el cliente terminará preguntándose por qué debería pagar ocho. Si una agencia produce veinte variaciones creativas en minutos, será difícil justificar determinados presupuestos utilizando exclusivamente las horas dedicadas. Si una auditoría automatiza gran parte de la revisión documental, el mercado terminará reclamando parte de esa productividad. La IA puede acabar provocando algo todavía mayor que la automatización del trabajo: puede modificar cómo se determina el precio del trabajo intelectual.

De 10.000 horas a un resultado de negocio

Durante buena parte de la economía industrial y digital, contratar servicios profesionales significaba comprar capacidad humana. La economía de la IA puede convertirlo progresivamente en comprar resultados. Y esa diferencia tendrá enormes consecuencias sobre ingresos, márgenes, empleo, estructuras organizativas y competencia. Las empresas de servicios profesionales que intenten proteger artificialmente la facturación por horas pueden encontrarse atrapadas en una contradicción: cuanto más productivas sean gracias a la inteligencia artificial, más difícil será justificar determinadas tarifas tradicionales. Las que transformen antes su modelo podrían descubrir justamente lo contrario. Si consiguen producir un resultado empresarial valorado en diez millones utilizando una infraestructura de agentes y un pequeño equipo de especialistas, ya no necesitarán cobrar por las horas consumidas. Podrán cobrar por el valor creado. Ese puede convertirse en uno de los grandes cambios empresariales provocados por la IA durante esta década: dejaremos progresivamente de preguntar cuántas horas ha trabajado una organización y empezaremos a preguntar qué resultado ha conseguido.

Para los directivos, este cambio obliga a analizar la inteligencia artificial mucho más allá de la adopción tecnológica. Hay que entender cómo modifica precios, costes, márgenes, talento, estructuras organizativas, proveedores y modelos de negocio completos. El Curso Superior en Inteligencia Artificial para Directivos (CSIAD) de THE INTELLIGENCE Institute está orientado precisamente a preparar a la alta dirección para diseñar esa transformación y liderar la implantación avanzada de IA en las diferentes áreas de la empresa.


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